Él tenía una razón (cuento)
Mayo 18, 2007 por mermeladek
No harían más de 10 años que había terminado, siempre según los libros, la primera revolución de ideas. Mallock, reputado físico e ingeniero, había sido un chico malo durante su carrera anterior al boom. Sus notas, cuando buenas, conseguían rasgar la cota del 7 sobre 10 durante sus estudios, y cuando malas, se hundían en el suspenso. Una vez hubo terminado sus dos carreras, y por consiguiente, su vida bohemia, se enroló en el ejército y más tarde sería seleccionado en misiones de la OTAN. No es de extrañar que sus colegas de profesión siempre lo tuvieran como un tío mentalmente inestable, era lo mucho que podían llegar a entender de un hippie reformado a soldado y después a investigador… fuera de serie. En los primeros 5 años de la pacífica revolución la comunidad científica sufrió un vuelco total en cuanto a la política por la que se regía. Las presiones, y sobretodo el dinero, de los lobbies dejaron de condicionar la investigación y desarrollo que prácticamente siempre miraba en un sentido, prolongar la tecnología que ya existía para mejorarla paulatinamente y así cobrar por cada pasito a los consumidores de este gran mercado capitalista en que se había convertido la Tierra.
Fue en ese momento, cuando las comunidades científicas sustentadas directamente por el dinero que recolectaban los estados, únicas “empresas” del mundo,
empezaron a producir ciencia a raudales, desde la pura hasta la más aplicada, pero todas por igual. Apenas duró unos 15 años en total, pero fue suficiente para un nuevo resurgir. La ecología se tomó en serio y la suma de esfuerzos consiguió que muchos de los problemas medioambientales se solucionaran o al menos no empeoraran. Tal hit, tal sopapo de éxtasis humanitario, estaba claro que no podría aguantarse por mucho tiempo. Así lo confirmaba la historia, y por mucho que en un tiempo hubieran existido sabios pueblos griegos que aspiraban al arte y al conocimiento en general, estos estaban condenados a extinguirse por la avaricia innata del hombre. Así que como el mundo ya iba en octava velocidad, la revolución, o Era según algunas opiniones, se derrumbó pasado el decenio y los 5 años de regalo.
Pero entre tal cantidad de imaginativa, a Didier se le quedó grabado en fuego, la explosiva noticia de que la teletransportación estaba a punto de convertirse en realidad. Tal noticia supuso uno de los shocks más fuertes para los que trabajaban codo con codo en el terreno de los movimientos cuánticos de las partículas. Simplemente Mallock había cogido al resto de científicos a contrapie, mientras estos todavía perfeccionaban el método por el cual podían hacer llegar un simple muón a cualquier lugar de la Tierra pero que debido a su corta vida, solo conseguían registrar el evento la mitad de las veces. Mallock, ese genio que se había modernizado en un centro de Corea del Sud, estaba a punto de sacar un paper sobre teletransportación de objetos y… seres orgánicos. Fue entonces cuando Corea del Norte, adalid y amigo de la decadente Unión de Estados Europeos había decidido acabar con el liderazgo tecnológico, cultural y sobretodo político de sus vecinos-hermanos. La guerra, breve pero intensa, estalló, finiquitando la primera revolución.
Didier observaba a su kalashnikov de partículas atómicas. En el mínimo quantum de tiempo físico, lo que se llamaba un tempuón, para que nos entendamos, una millonesima de billonesima parte de un pico segundo, las partículas aparecían en el mismo sitio relativo pero en un lugar diferente, y lo que es más importante, en el mismo estado. Delante suyo, tenía la culminación de su maestro Mallock, el secreto que tanto tiempo había guardado: el teletransportador. Sentía que por fin había llegado a su meta última, la de realizar, y honrar a la maltrecha memoria colectiva que se tenía de Mallock. Además no tendría que argumentar más excusas para poder seguir investigando, ni aguantar los comentarios bajos de sus compañeros que le criticaban por no hacer nada productivo. El aparato en cuestión había sufrido una ligera pero importante modificación respecto al esbozo inicial, la copia del objeto o ser vivo a transportar salía en el otro lado de la habitación, y la original… ¡se mantenía! Esto lo hacía obviamente inútil para el transporte de personas.
Desde que nació, había sido un luchador, en el sentido literal. En el instituto se había enfrentado con la mitad de su clase y parte de la otra. Sus compañeros decían de él que era un bicho raro inaguantable en el mejor de los casos, y en el peor, que estaba loco de psiquiatra, y que antes de jugar con él preferían, hacerlo con un árbol que les diría menos tonterías. Después en la universidad, las cosas le fueron un poco peor hasta que lo echaron de ella por mal comportamiento y él se tomó su venganza yéndose a otro país donde no tuviera que soportarlos. Quería ser investigador, quería encontrar su mal y arrancárselo. Por eso, estudió biología, más tarde física y finalmente encontró a su futuro compañero de fatiga: Mallock. Lo trató como un igual y le permitió relacionarse con él. Solo en ciertos casos se enfadaba con Didier, pero finalmente le pasaba y volvía a ser el tipo de siempre: un bromista ácido redomado.
Era tal su incomprensión que no llegaba a comprender el porqué de tanto odio. Solo Mallock estuvo a punto de decirselo una vez. Mientras tomaban unas cervezas, en la mesa repleta de papeles, Mallock que ya iba pasado de copas y había sido un buen día para él (le habían aceptado su artículo sobre teletransportación), con el aliento etílico ventilándole la cara, se le acercó a su oreja y le musitó: “Hay alguien más.”
Nunca supo más. Al día siguiente él se hizo el despistado, decía no saber nada de tal comentario y él, Didier, se quedó con el corazón en la mano. Había hurgado en su mirada después de decirlo, era serena, no de un borracho, y sentía que le había dado una valiosísima pista.
Didier yacía pensativo sentado en su silla multiusos. Por fin, este trozo de maquinaria, le serviría para matar dos pajaros de un tiro. Si no iba mal encaminado, el teletransportador limpiaria el honor de su jefe y amigo, y lo que era incluso más trascendente, le liberaría a él mismo.
- Hoy es un gran día - se dijo a si mismo mientras observaba el tablero de control de tan increíble máquina.
Al mismo tiempo que euforia, sentía el nerviosismo desde los pies a la cabeza. Podía palpar el latido de su corazón en cualquier lugar de su cuerpo y notaba que hoy, o la cosa saldría bien o saldría mal. En el peor de los casos moriría. Sin darse cuenta, se había puesto duro como una roca, sus músculos inconscientemente contraídos, no quería dejar que nadie de su adentro saliera para boicotearle su gran momento. Estaba usando todo el autocontrol aprendido hasta ahora. Todos los palos recibidos en el cole, le habían hecho más resistente a lo exterior, y también lo aplicaba para apartar esa parte de su cerebro.
-Un, dos, tres - dijo en voz alta, como si lo pudiera oír alguien más.
Situó una de sus dos pistolas a su lado. Sabía que él permanecería allí y que en realidad no sufriría ningún cambio. En el otro lado aparecería una copia suya, totalmente igual, sin ninguna diferencia ni a nivel sub-atómico y con la memoria intacta. Allí surgiría otro “yo”, una persona nueva pero que se sentiría igual que el original. Era algo difícil de entender, sobre todo desde su punto de vista. Pero la física era clara, otra cosa era la filosofía relacionada con esto…
Había conectado los generadores. Estos evitarían el corte de luz que podría levantar posibles sospechas sobre su cubículo. La configuración del mismo aparatejo era compleja, había que hacer varias calibraciones manuales y requería de su concentración. Tardó más de diez minutos, un cuarto de hora entero. Una gota de sudor le recorría la frente.
Se asustó de repente. Se había concentrado durante un cuarto de hora entero y no había estado para “sí mismo”. El sudor frío le recorría la espina dorsal… Se había relajado, “su enemigo” podía haber tomado el control y haberse preparado. Miró a su alrededor, nada de la configuración había cambiado. No parecía que hubiera actuado. Sin embargo, prefería esperar un poco más de tiempo. Comprobó el suministro eléctrico, la configuración del telecopiador (como era más preciso llamarlo), las pistolas, la puerta, etc, etc. Lo revisó todo sin prestarle el 100% de su concentración, no podía dejar que “el otro” se apoderara de la situación y lo estropeara.
-¡Estoy preparado! Ahora sí - musitó entre dientes.
El botón de color rojo como él mismo lo había dispuesto, relucía a la espera de recibir le presión de su dedo. Dudó varios segundos. Finalmente, con el dedo firme, apretó el botón.
Ningún ruido. Instantáneamente, apareció una sombra gigantesca al otro lado de la habitación. Eran los rayos de las 6 de la tarde que entraban rasantes por la ventana, amplificando la sombra del sujeto en cuestión. Sus ojos permanecían abiertos mirando al hombre que había aparecido al otro lado. Si cabe alguna posibilidad, el otro hombre todavía los abría más. Le miraba con estupefacción e incredulidad. El pánico transpiraba a través de su piel, su piel sudorosa, su pálpito arrítmico, su cara desencajada y su mirada totalmente aterrorizada.
Didier recogió la pistola lentamente, le apuntó y disparó a bocajarro. El “otro él” cayó desplomado al suelo. Súbitamente empezó a llorar, no podía contener la rabaa, ni la frustración, ¡Dios! ¡se había matado a sí mismo!
Tenía clavada su propia mirada. Había podido leer en su copia, el espanto del que se sabe muerto. Era algo horrible. Sin embargo, pensó otra vez, su misión lo valía, le daba igual si tenía que matarse a sí mismo 20 veces, o 100 veces ¡o 1000!, seguiría hasta al final, hasta conseguir extirparse su tumor. Sí, sabía que ese era el camino correcto y “el otro” también era conocedor que no pararía hasta encontrarlo. Sonrió, tener las ideas claras le daba una pincelada de felicidad a su alma. Sintió gratitud hacia el todopoderoso por haberle permitido encontrar a Mallock. El único hombre que supo darle la llave a su tiranía interior.
La maquinaria podía funcionar automáticamente después de un uso, pero había preferido comprobarlo todo de nuevo sin concentrarse del todo ante el temor a ser invadido. Era una habilidad que había tenido que desarrollar por la fuerza, que nadie podía apreciar excepto él mismo. En estos momentos ya se había matado 4 veces a sí mismo. Daba igual, se volvería a aniquilar. Si seguía concentrado en algún momento, “su otro” inventaría un plan para escapar y matarle a “él” por los mismos motivos que él estaba haciendo esto, y en ese momento se terminaría el sufrimiento para alguno de los dos. Mientras, colocaba la pistola al lado de la cabina. Iba ensimismado, excitado, al comprobar que su plan seguía el camino trazado. Qué maravilloso invento, se gritaba para sus adentros.
Nuevamente comprobó la configuración del telecopiador. Correcto.
- ¡Correctísimo! - exclamó -. Espera, no tengo la pistola.
La cogió y la puso a su lado. Sin meditarlo más de 2 segundos, pulsó el botón. Sabía que tenía que pasar el trago amargo de matarse a sí mismo, pero después de haberlo hecho 4 veces, todo resultaba un poco más fácil.
Al igual que las otras 4 veces, surgió la sombra de la nada. Esta vez, sentía que algo había cambiado. Su otro yo, no huía despavorido intentando esquivar su bala. Qué extraño. ¿Había él mismo cambiado de táctica? No lo creía, sabía lo que sentía y no era eso lo que habría hecho. De repente se dio cuenta de su error: se había relajado. Asustado, miró otra vez la sombra. No, no, no lo podía creer. Había otra pistola. En ese justo momento, giró sus ojos hacia el que lo miraba. Su mirada era astuta, su cara, su cuerpo pero.. ¡esa mirada! Por primera vez en la vida, estaba viendo la cara a su otro yo, a su doble personalidad. La que le había metido en líos durante toda su vida, a expensas de su cuerpo.
Con una sonrisa malévola como nunca había visto, su enemigo del alma, cogió lentamente la pistola y le encañonó. La parálisis del susto le había petrificado. Ahora sería él, el que moriría.
Se oyó un disparo.
Una pesada sombra se desplomó.
Volvió a abrir los ojos, se palpó.
No tenía ningún rasguño. Ni sangre. Estaba en pie.
En el suelo yacía uno de sus “otros yo” que creía muertos con una Magnum en la mano. Había reventado la cabeza al enemigo, a “nuestro” enemigo. Entonces le miró a él. Su boca dibujaba una mueca, pero una mueca de alegría. Cayó al suelo otra vez.
Por fin libre. Nunca más en esta vida lo volverían a insultar. Se había librado de su doble mente, la había matado, en el universo de las neuronas esto había sido más que suficiente.
Las lágrimas le caían, eran las lágrimas de los demás como él, que habían muerto para salvar a tan solo uno de tan tirano “enemigo”. Con uno solo que sobreviviera era suficiente. Nunca en su vida podría dar gracias suficientes a Mallock… y a sí mismo.
Pero no era esto lo que todavía le hacía sentir como nunca recordaba. Lo mejor de todo esto era haberse visto a sí mismo sacrificándose en favor de un motivo mayor. En contra de lo que le habían criticado, ahora sabía que su alma no estaba infectada por el diablo.



La idea es muy divertida!.
Supongo que conoces la novela de Christopher Priest “The prestige”, en la que esta basada la pelicula de Chr. Nolan
“El truco final: el prestigio (The prestige)”.
La novela no pero la película sí. En realidad me “inspiré” al ver el tema que trataba cuando la ví y tuve la sensación que el tema podía dar para mucho más jugo.
