Contacto (el relato)
Junio 4, 2007 por mermeladek
Sería profesor de la Universidad de Minnesota, sería reputado en su mundo de la microbiología, sería un tirano jugando a paddel y sería un romántico cuando estaba con su esposa. Pero esta lista de adjetivos no le eran suficiente para controlar su desazón.
El taxi lo había dejado frente a la puerta. A pesar de haberle intentado timar en el cambio no se lo tendría en cuenta. Posiblemente otro día, le hubiera echado un discurso tipo Fidel, pero en estos momentos su cabeza solo tenía una dirección.
— Quiero ver a la señora Hatfield —le espetó al conserje.
Tipo feo donde los hubiese. Daba la sensación de que se hubiera zampado parte del labio superior y ahora tuviera que disimularlo haciendo muecas.
— Le estábamos esperando Doctor Myers. Si es tan amable vaya hacia el piso menos uno —le respondió el cara de mitocondrio.
— ¿El sótano?
— Efectivamente. Allí encontrará el laboratorio.
Rápidamente bajó por las escaleras haciéndole un feo a su amigo el ascensor. No podía, digo, no quería perder tiempo esperando que algún idiota llegara a su piso. Sentía el tambor del laboratorio llamando a su instinto de biólogo iluminado.
Una cara conocida detrás de una mascarilla salía por la puerta corredera.
— ¿Paul? Me alegro que ya hayas llegado.
— A que se debe todo esto —haciéndose el tonto esperaba que ella le dijera lo que deseaba, ahorrándose hacer preguntas—: ¿Acaso otro simulacro?
— Esta vez va muy en serio. Pero creo que deberías verlo por tu mismo. No es lo que… esperábamos.
Nunca había visto esas instalaciones. En realidad desconocía totalmente que éste fuera un edifico gubernamental, y todavía menos del Ministerio de Asuntos Extranjeros. Solo la presencia de su amiga y compañera de armas le hacía pensar que no estaba en una especie de Show de Truman.
—Si queréis que me pelee con lo que sea que habéis encontrado decidme donde está y si se parece a un caracol viscoso o a un velocirraptor hambriento.
La gente que estaba trabajando en ese momento lo miró con cara de pocos amigos. Solo Margaret que lo conocía se le acercó y encañonó con su dedo una parte de la habitación. Al ver que ella reaccionaba bien, incluso afablemente, el resto de currantes continuaron con su cometido. Muchos iban de riguroso formal, llevándole a pensar que no todos eran de la rama científica sino que allí hacía rato que se estaba cocinando algo de alto nivel.
— ¿Ves esa mesa blanca?
— Sí, a qué viene todo ese acristalamiento. ¿Se ha portado mal la mesa? —se hacía el gracioso para relajar los nervios.
— Allí están nuestros amigos. Extraterrestres. No hay otra explicación.
— ¿Perdón?
— Queremos que nos hagas de interlocutor con ellos. El microscopio será un interfaz —se le hacía un nudo a la garganta mientras lo decía. Incluso parecía temerosa.
— ¿Acaso son liliputienses? Oye, Margaret, veo que no me estás tomando el pelo pero si no te expresas mejor…
— Son microscópicos —le interrumpía—. Son como bacterias…. Tienen el mismo tamaño. Es algo diferente, te lo aseguro. ¿Sabes? Mejor compruebalo por tu mismo. Tenemos indicios para creer que… pueden pensar.
Al cabo de una hora le habían disfrazado de becario de pruebas en una clínica. Llevaba un gorro, una mascarilla y estaba vestido deFuera lo que fuese, debía ser serio aunque no descartaba otras alternativas. riguroso blanco. A pesar de lo que le habían explicado guardaba algunas dudas. Podrían haberse equivocado.
Sin esperar ningún toque ni mirada por parte de su superiora metió el ojo en el chisme. Todos en el laboratorio habían dejado de trabajar. Nadie se quería perder ni los comentarios ni la cara de Paul. Lo habían aislado intentando llevar a sus invitados microscópicos a un sitio lo menos contaminado posible. Aunque si de verdad fueran tan avanzados, ellos mismos deberían haber supuesto todo esto.Todo en general era extraño. Desde el encuentro en la base científica Cinco Lunas de Urano, donde de repente los científicos se toparon con ellos cuando estaban investigando el comportamiento del virus en la superficie.
Paul observaba el espectáculo. No había nada más que unos organismos aparentemente procariotas en la placa de cultivo original donde habían sido encontrados. No se veía nada más. Ninguna bacteria pululando. ¿Las habían aniquilado? Esto le puso enfermo de repente. Si eran capaces de aniquilar cualquier microorganismo podrían fácilmente eliminar toda su fauna y flora interna. Un humano tiene diez veces más microorganismos en su cuerpo que células propias y desde luego son indispensables para su propia supervivencia. No obstante de momento no percibía ningún signo de malestar. Seguramente el rango de acción de estos organismos no sería mayor de donde estuviesen.
Pensando y pensando. Pensando y embobado. Embobado y embobado. El silencio era total. Nadie osaba romper su aparente concentración. Mientras los miraba como quien se siente un Dios y mira a esos despendulados humanos en la Tierra, solo que en este caso se trataba de una placa de cultivo. Se movían muchísimo. Incluso parecía que estaban permanentemente comunicándose entre ellos. Todo eran movimientos raudos para a continuación parar durante dos segundos en los que estar en contacto con otro de esos bichejos. Los aumentos del microscopio eran del orden de micrómetros, de modo que se correspondían con el tamaño de bacterias.
— No son bacterias —susurraba Paul—. De serlo apreciaría las cadenas de ADN libre a través de esos cuerpos translúcidos.
Habían pasado veinticinco minutos desde que su culo había palpado el frío del metal de su taburete convertido en silla minimalista.
Pasado este tiempo de rigurosa investigación de esta nueva especie, su atención decaía. Todavía no había visto ese don augurado por Margareth con el que se comunicarían con él. De meditarlo más profundamente era obviamente absurdo la situación en que se encontraba: intentando comunicarse con unas pseudobacterias. Vale, habían encontrado una nueva especie de vida no encuadrada en ningún género de los existentes en la Tierra y demás planetas del Sistema Solar. ¡Pero había un trecho hasta deducir que eran microorganismos inteligentes! Posiblemente los científicos que estaban trabajando en Urano habrían percibido alguna señal erróneamente debido a alguna sustancia alucinógena en sus bocas… Pensando en su carrera Paul se sentía avergonzado. El hecho de haber aceptado ser el interlocutor de un programa que intentaba prepararse ante un posible encuentro con una especie extraterrestre, podía ser de por sí solo motivo de risa. Aunque desde un punto de vista más interesado podía entenderse como una manera de hacer contactos con el gobierno. Sin embargo no era esta la razón verdadera. Él había creído realmente que este programa tenía sentido y por esta razón se había ofrecido. No obstante, a partir del momento que trascendiera que se habían creído que unas células de Urano podían ser vida inteligente extraterrestre por el simple hecho de haber creído leer en ellas palabras de nuestro alfabeto. Bueno, esto rozaba lo ridículo. Perdería su reputación si esta noticia llegaba al exterior. Empezaba a sentirse agobiado por haberse tragado la noticia de unos incompetentes.
Por lo menos, se consolaba Paul, esta nueva especie sería ampliamente investigada por la comunidad científica debido a su extraña morfología. Volvía a mirar el nido de gusanos que parecían una vez ampliados. Poco a poco iba aumentando la imagen para tener un punto de vista más global del tamaño de la colonia. Desde esta perspectiva, a una escala de décimas de milímetro podía contemplar una gran línea gruesa donde se agrupaban los microorganismos.
— Qué interesante —murmuraba—. Están agrupados dejando grandes huecos donde no hay nada. ¿Estarán contaminadas esas partes?
Para comprobarlo mejor pondría la escala a milímetros. Ahora estaban agrupados como en estrechos ríos. Líneas curvas y perfectas. De hecho hubiera jurado que los habían agrupado con una pequeña pala. Empezó a reseguir esas líneas con la mirada. Espera, desde esta perspectiva, creía poder leer una letra. Sí, efectivamente, formaban una gran “M” mayúscula. Pero había más líneas en todas las direcciones del plano. Volvió a aumentar su perspectiva y con toda claridad pudo leer:
¿SU NOMBRE ES PAUL?
Levantó la cabeza con la boca abierta y los ojos como naranjas.
— ¿Qué broma es esta?
Margaret le miró seriamente. Le indicó que continuara mirando.
¿Podían tratarse de microorganismos controlados a distancia? De ser así estaban ante un invento espeluznante e increíble al mismo tiempo. La sangre le bullía por dentro. ¿Acaso estaban jugando con él? NO, Margaret era de confianza.
Puso su ojo, un tanto irritado por el polen de la primavera otra vez en el cabezal del ocular.
DOCTOR.
Su cara era un poema. Murmuró un “¿¡Cómo coño podéis escribir frases en mi lengua!? ¿Qué truco es este?”. Esta vez podía contemplar como inmediatamente después de haber preguntado en voz inaudible, los microorganismos se replegaban y volvían a organizarse para formar letras. Esta vez no era una frase, sino que estaban redactando un párrafo entero.
NO HAY TRUCO. PODEMOS OÍR COMO USTED. SI BIEN NUESTROS MECANISMOS SON DIFERENTES. PALPAMOS LAS ONDAS ACÚSTICAS A TRAVÉS DEL MOVIMIENTO QUE NOS CAUSAN EN NUESTROS CUERPOS CUANDO ESTAMOS EN UN MEDIO ACUOSO. POR ESTA RAZÓN ELEGIMOS INSTALARNOS EN ESTA PLACA PARA COMUNICARNOS CON EL DR. PHILLIPS.
— ¡Absurdo! ¿Creéis que creeré que habéis aprendido mi lengua y ahora podéis incluso escribir en ella?
SOMOS NOSOTROS LOS QUE ESTUDIABAMOS AL DR. PHILLIPS Y AL DR. AMANO EN SU BASE CIENTÍFICA EN URANO. SIENTO QUE NO NOS CREA PERO SOMOS UNA ESPECIE INTELIGENTE. SU IDIOMA ES FÁCIL UNA VEZ ENTENDIDOS LOS MECANISMOS: LAS ONDAS ACÚSTICAS. AL IGUAL QUE TAMBIÉN LO ES SU ESCRITURA.
Estos doctores eran efectivamente los que estaban trabajando en la base científica. Se habían hecho muy populares debido a su labor divulgativa y por ser los primeros científicos en atreverse a estar durante 5 años en un planeta extraño.
De ser zorros, el resto de personas del laboratorio estarían con las orejas levantadas. Le miraban un poco sorprendidos de sus gritos contra la placa de cultivo. Excepto Margareth, en quien se podía leer en sus ojos una mezcla de diversión y realización personal.
Paul empezó una cruzada particular para desentrañar el misterio. Quería ver hasta qué punto esto tenía algo de coherente. Ametrallaba a las “bacterias” con una retahíla de preguntas acerca de su anatomía. Por lo visto como entes individuales no eran mucho más listos que una bacteria, que es decir más bien nada, según las explicaciones que iba recibiendo después de cada pregunta. Pero la suma de todos ellos creaba una nueva entidad pensante. Cuando el grupo se dividía en dos partes podían seguir viviendo igualmente, pero pasaban a ser dos entidades la mitad de listas. Esto abría un camino que, de confirmarse, resultaba espeluznante. Si la suma de individuos, era la suma de “cerebros”. Realmente este era el único método para poder crear vida inteligente en un planeta con esas condiciones.
PARA RESPONDER A LO QUE CREEMOS QUE ES SU SIGUIENTE PREGUNTA. DIEZ BILLONES DE NOSOTROS SERÍAN EQUIVALENTE A UN HOMO SAPIENS EN TÉRMINOS DE INTELIGENCIA.
Su experiencia le decía que en la placa habría alrededor de 100 billones de estos bichejos…
— ¿Cuantos sois ahora mismo?
Todos se empezaron a mover. De haber sucedido en Nueva York y con personas, se diría que alguien había dado aviso de bomba. Finalmente llegó la respuesta:
EXACTAMENTE ESTA ENTIDAD ESTÁ FORMADA POR 87.928.133 MILLONES DE ENTES INDIVIDUALES.
Se sentía asombrado. Entonces… estaba hablando con un ser casi divino. De ser verdad, todo lo que él pudiera pensar en este momento no dejaba de ser una simple banalidad para ellos. Seguramente ya sabían que ocurriría. Seguramente habían contemplado todo lo que los humanos harían. Seguramente todo estaba premeditado y habían entrado en la placa de cultivo por una razón. Tan solo faltaba la pregunta por parte de Paul.
— ¿Qué queréis?
Al cabo de unos segundos.
VENGA PAUL. ¿NO LO SABES TODAVÍA?
El taxi que esta vez lo había devuelto a casa no había intentado nada indecoroso. Esto le hacía pensar en su proverbio: cuando todo va mal algo va bien y cuando todo va bien algo va mal.
Margaret se había enfadado mucho con él. Prácticamente fue un reflejo. Lo que allí vio escrito le nubló la razón. De un puñetazo envió la placa de cultivo contra la pared. A continuación saltó encima y estuvo saltando como un poseso hasta que lo detuvieron. Todo esto le estaba provocando una fuerte migraña. Sentía que tenía que ir a dormir. Quería descansar y mañana sería otro día. Sin embargo, a pesar de haber eliminado la placa y haber expuesto a esas “bacterias” a un chorro puro de nitrógeno líquido no se sentía tranquilo.
En realidad Margaret fue la más tolerante del resto de personas en el laboratorio. Le dijeron que le expedientarían por haber destruido algo tan valioso. Preguntas y más preguntas. Pero no respondió ninguna. Lo que allí había leído le había perturbado y de qué modo. Sentía que las piernas la flaqueaban después de este día. Pasaría de cenar. La frase impresa en la lente del microscopio se le repetía como una mala salsa.
Finalmente se tumbó en la cama. Lo último que sintió fueron dos cosas. Lo segundo como su corazón dejaba de latir y lo primero la respuesta de esas bacterias:
VENGA PAUL. ¿NO LO SABES TODAVÍA?
VENGA PAUL. ¿NO LO SABES TODAVÍA?
VENGA PAUL. ¿NO LO SABES TODAVÍA?
LLEVAMOS 65 MILLONES DE AÑOS HIBERNADOS EN NUESTRO PLANETA ESPERANDO QUE NUESTRO CALDO DE CULTIVO: LA TIERRA, VOLVIERA A POBLARSE PARA REPRODUCIRNOS. LA ÚLTIMA VEZ LO HICIMOS VINIENDO EN UN METEORITO. ESTA VEZ NOS HABÉIS TRAÍDO VOSOTROS MISMOS. ESTO QUE TU VES ES UNA PLACA DE CULTIVO. BIEN. LO QUE NOSOTROS VEMOS AL OTRO LADO DE ESTA PUERTA ES NUESTRO CALDO NUTRITIVO. SOLO FALTA DAROS LAS GRACIAS POR HABERNOS TRAÍDO Y DECIR ¡BUEN PROVECHO!


