El otro día fuimos de compras. Lo enfatizo por ser excepción, no debido a nuestra motivación sino porque estamos en cierta medida aislados por la distancia que nos separa del supermercado más cercano.
El “fuimos”consistía en Ralston, étnicamente un nativo de estas tierras que todavía conserva el bigotillo de adolescente estrenado pese a sus 20 añicos, y Cat (Catherina), amiga y navaja suiza de los contactos sociales en el lodge. Íbamos en dirección a la única dirección que conocemos, salir del centro y coger la carretera hasta encontrar la estación de el CalTrain, en Downtown Mountain View.
En estas que se me cruza un letrero que pone bien clarito “supermercado”. De modo que arrastro a mis dos compañeros de fatigas hacia el lugar a ver si resulta que la palabra es suficientemente correspondida por los víveres ahí contenidos. El supermercado que está al lado de la calle por la que andamos, es un oasis de latinidad. Entre las estanterías se mueven varios mejicanos y otros sureños de norteamérica, que buscan sus productos made in “home“.
Se que en realidad los lazos entre su cultura y la mía, no son demasiado grandes, sin embargo, el oír hablar español y sentir que mis compañeros anglosajones se sienten un poco perdidos me resulta divertido. Miro atentamente las estanterías y finalmente me decido a comprar algo: una bolsa de tortitas de maíz, de esas que nunca he visto ni comprado, pero que a mis colegas les debe parecer el súmum de mi patriotismo.
Así que en estas me dispongo a pagar. La cajera es una chica joven, latina por supuesto, que tiene la pinta de no haberse movido más allá de la Bahía de San Francisco. Como es normal en mi, tengo los billetes de dólares y euros entremezclados, e incluso tengo algunas coronas checas del último viaje. En estas que pienso en voz alta y de repente, aparece en ella, al puro estilo de película de miedo, pero con un efecto más placentero, un cambio en a expresión de su cara: rebosa curiosidad.
Me pide si tengo euros. Le digo que sí y ella me contesta que si puede verlo. Por un instante dudo si quiere verlo o cobrarse un finiquito, sin embargo su cara me convence. Se lo extiendo. Es en ese momento que me quedo sorprendido. Emana inocencia y sorpresa, para ella es un honor tocar un billete de 20 euros. Ríe un poco y comenta que son diferentes. Sí, pienso, el billete es efectivamente diferente. Así que me lo devuelve tal cual.
Hace poco había oído por la radio, como un mago se dedicaba a viajar con una bicicleta por todo el mundo en un viaje de 10 años. Contaba él que los que mejor disfrutaban los trucos de magia eran los niños africanos, que se reían a carcajadas ante cualquier cosa. Para mi la chica, no se reía a carcajadas, pero su cara era la de quien descubre que hay otras entelequias que SÍ existen. O sería la sorpresa de comprobar que otros “latinos” habitan otros lugares donde el euro reina por ejemplo. No lo se. Solo doy por seguro que me marché con la misma alegría que la que ella había recibido.
Y como bonus tracks unas fotos de la bienvenida de uno de nuestros compañeros en el trabajo.



Que buenas las fotos!. Espero que sean de las clasificadas TopSecret. Conozco la tradicion de empapelar con papel de Guatter el coche de los recien casados… pero esto?, que se celebra?. Hay que ver como cambian las costubres (ademas de los billetes) de un lado al otro del charco. Venga, un saludo y a seguir disfrutando…
Jejeje así que sorprendiendo por el hecho de ser guiri, qué interesante
. A lo mejor vas a triunfar con alguna latina de esa zona, quién sabe!
Juer lo del papel de water … parece la típica novatada, más que una enhorabuena xDD
A ver si nos pones más fotos de tus vivencias!
Saludos.
Jajaja, bueno, el tema era que habíamos vuelto de la cafetería antes que nuestro colega de trabajo Evan. Y Chris propuso que le empapeláramos su cubículo. ^_^
Respecto a las fotos, vendrán vendrán. Pero claro, es dificil en los momentos clave acordarse de la cámara pq sino ya no serían tan clave.
Nil