— Por favor, usted, sí usted, agárreme el pelo. El pelo he dicho, por favor, sí sí estírelo.
El pasajero en dirección al anden se paró.
Con el dedo se apuntaba a sí mismo. “¿Se refiere a mi?”
— Sí, sí, usted, venga por favor —le repetía con ahinco señalándole su caballera—. Coja de aquí, con la mano. ¡Ah!, todavía no, mire que es usted animal. Cuando yo le diga tira con todas sus fuerzas.
Varios viandantes seguían el curso de sus caminos de habas imaginarias. Mientras tanto, el desconocido, un tipo flaco con traje y corbata, le recogía el pelo como si estuviera a punto de hacerse con un ramo de margaritas poco convencionales
—A la una…., a las dos y ¡a las tre…!
— ¡¡¡Aaaahhhh!!! —gritaba en el hombre atado a un traje.
— Sssssssshhhhhhh. No ve que me va a alterar alguno de mis circuitos neuronales con estos gritos.
Sentado en el suelo yacía el desconocido sin saber muy bien que decir. Hasta el día de hoy, nunca le había arrancado la parte superior de la cabeza a nadie.
— Usted, acerquese otra vez. No vaya a marcharse con la tapa de mis ideas. Ponga las manos cómo si mis pensamientos verdes le estuvieran escociendo la cara. Así, en efecto, no, acerque un poco más las manos, júntelas. No tan cerca o me contaminará.
Pocos se habían parado ante la escena. Solo un niño, babeando perplejidad a través de su rostro, obsrevaba sin perder detalles de lo acontecido.
El melenas era en realidad un viejo que había hecho suya la idea que a la alopecia hay que combatirla con una buena dosis de espíritu hippie. De forma, que lo que en otras eras habría sido una espesa cabellera con la que fabricar un par de cojines, ahora se había transformado en un coco hawaiano con cuatro grisáceos pelos insertados en él. Digamos, para facilitar el cálculo imaginativo del lector, cómo la pelota del Tom Hanks en Náufrago.
— Bien, ha hecho el primer paso. Eso ya es mucho teniendo en cuenta lo pasmado que parecía usted. Échele una ojeada a la sopa.
— ¿A la sopa? —preguntaba el ejecutivo con cara de no comprender el mismo dialecto.
— Anda —arrastrándolo por la manga hacía la parte superior de su coco partido—. ¿Contempla todo este nido de neuronas?
— ¿Esto son neuronas…? —haciendo una mueca de asco ante el espectáculo ante sus ojos. Vale, había algunos pigmentos negros, orbitando en pequeñas circunferencias, pero desde luego se parecían más a cacas de mosca que big-bangs de conocimiento e imaginación.
— ¡Y todas son mías! Con 86 años y todavía tengo un cerebro que ni el suyo —mirándolo con ojos de profesor aposentado.
— Oiga, que yo tengo 28 —le contestaba tan bien cómo sabía herido de orgullo.
La cocotera del señor seguía abierta, mientras unas pocas motas de polvo se había aposentado encima de la masa encefálica que se retorcía con vida propia.
— ¡Da igual! Soy demasiado viejo para discutir con polluelos como usted. Ábrese la mente y ya verá cómo llega a los 95 años haciendo sudokus mientras contesta el teléfono.
El tipo tragaba saliva. “Abrirse la mente…” pensaba para sus adentros. Había oído con anterioridad dicha expresión pero nunca había imaginado que fuera algo tan real.
— Mire, no le he llamado para que observara todos mis entresijos neuronales a vista de pájaro. Percibe ese grano rosado, en la pared izquierda, ¿un poco adelante…?
— No veo nada. ¡Espere! Acaso no es ese montículo que veo… ¡Sí! Creo que ya lo veo. ¿Esa es su esposa?
— ¡Por favor! No diga usted sandeces —a lo que él desconocido se le quedaba mirando—. Se trata de mi nieto, al que no veo desde hace 12 años… —el viejo se entristecía mientras el curioso grano pasaba de rosado a un poco más morado.
— ¿Ese es el amor que siente hacia él? —preguntaba encuriosido el ejecutivo.
— En efecto, él es un grano en el… cerebro. Quiero quitarmelo porque después de tantos años ya no sé si llorar o suplicarle que me quiera un poco…
A pesar de no ser muy listo, podía comprenderlo. Él iba a tener un hijo con su esposa y también hacía tiempo que no veía a sus abuelos. Se preguntaba como se sentirían. En el fondo sabía que había priorizado otros aspectos de su vida… como el triunfar en el trabajo. Porque claro, ser consejero financiero de una cadena de hoteles cómo la suya era lo que cualquier ente con raciocinio entendería cómo triunfo.
— Pues coja su huesudo dedo y preme en el grano con suavidad.
— ¿Esto funcionará? ¿Le aliviará? —se preguntaba el desconocido ejecutivo ante tan peculiar método de… ¿psiquiatría?
— Eso depende del amor que le ponga usted en la cura.
Y el abuelo sonrió levemente.
Ahora el viejo hasta le parecía un tipo afable a pesar de todos sus tics dictatoriales de al principio. Era anormal en él. Su mente no divagaba nunca más allá de lo que sería vivir 40 primaveras y ahora se encontraba ante un ser excepcional de 83…
Al cabo de 10 min, el grano parecía mucho menos un grano. Ahora era una diminuta protuberancia. Las neuronas bajaban por él y subían como niños jugando en la playa.
— Creo que su grano se ha aliviado señor —le informaba.
El viejo con el coco cortado por la mitad se giró y en tono fraternal se le quedó mirando. Su cara era la de un hombre que encuentra la felicidad.
— ¿Qué le ocurre señor? —decía visiblemente enrojecido.
— Lo que has hecho ha sido todo un acto altruista…
— Pero si no ha sido nada —se reía él —. Solo le he mareado un poco la cabeza.
El viejo agarró la tapa de su cabeza y se la puso nuevamente.
— Es hora de irme.
El joven no sabía que responder. A cámara lenta vio como ese hombre se marchaba a paso lento del edificio. Sin embargo en el momento en que ese extraño abuelo salía por la puerta de la estación todavía estuvo a tiempo de oír…
— ¡Gracias nieto!
Más tarde, una vez volvió a casa, intentó llamar a casa de sus abuelos. La madre de su padre, se emocionó muchísimo de oírlo nuevamente. Sin embargo su llamada había coincidido con una fatalidad. Su abuelo acababa de morir el mismo día. En contra de lo que su esposa hubiera esperado, él no pudo evitar sonreír, pensar en su mujer, en la gran vida que le quedaba por descubrir y exclamar…
— ¡Gracias abuelo!



Muy chulo
Gracias!
Si quieres criticarme tb te lo permito.
Aún no, no te espantaré tan rápido, que criticando soy muy chunga…