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Archive for 29 junio 2007

El otro día fuimos de compras. Lo enfatizo por ser excepción, no debido a nuestra motivación sino porque estamos en cierta medida aislados por la distancia que nos separa del supermercado más cercano.

El “fuimos”consistía en Ralston, étnicamente un nativo de estas tierras que todavía conserva el bigotillo de adolescente estrenado pese a sus 20 añicos, y Cat (Catherina), amiga y navaja suiza de los contactos sociales en el lodge. Íbamos en dirección a la única dirección que conocemos, salir del centro y coger la carretera hasta encontrar la estación de el CalTrain, en Downtown Mountain View.

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Por fin he llegado al NASA Ames Research Center. Sitio donde trabajaré en una beca de 3 meses en el departamento Small Spacecraft Office. Creo que empieza a ser muy normal que los aviones se retarden o que haya overbooking en estos días. De modo que esta vez me ha tocado a mi sufrir las consecuencias.

Viernes 15 de Junio, Prat del Llobregat (Barcelona):

En el momento de embarcar el equipaje, el hombre que me atiende como personal de Lufthansa me dice que no consto en el vuelo desde Frankfurt hacia San Francisco. No hay otra solución que una vez llegado a Frankfurt, me vaya a una de las oficinas de United Airlines (con la que hago el vuelo trasatlántico), y con el puñal en la boca y una daga en la mano, les pida que por favor, me digan qué problema hay. Me advierte que posiblemente se trate de un problema de deletreo de mi nombre y que por esta razón no consto.

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No me ha sucedido una vez, ni dos, ni tres. Es algo común y posiblemente no merezca que se criminalice a los que lo afirman, al igual que no se puede criminalizar al que los ojos se tapa, o al que viajar le cansa. Sin embargo, yo que me defino, no sin cierta vergüenza, cinéfilo puedo sentir como que el mundo está haciendo un agravio al no meter en algunas cabezas el gusto por cierto tipo de películas.

Un tipo de películas, que si bien, seguro no son las más vistas, sí que forman el mayor espectro en cuanto a diversidad. Porque, señores, hay diversidad en este mundo. Al igual que hay negros, mulatos y blancos. O hay perros, gatos y canarios. E incluso, aunque cada vez menos, hay leones, tigres y panteras. En el universo del llamado séptimo arte hay muchos tipos de películas.

No son pocas las personalidades, o las personas que ostentan posiciones importantes, que repiten con ahínco un argumento que me produce dolor de cabeza durante el rato que dura la entrevista. Seguramente se trata de gente que sigue el arte, la moda e incluso va a cenas y degusta exquisitos platos de arroz nitrogenado o gaseados postres de crema catalana, sin embargo son el desierto en cuanto a cine se refiere. Porque no, no admito por demostración al absurdo, y ese absurdo si quieren se trata de mi persona, que una película que no presente o acción, o suspense, o sexo no pueda entretener.

Sin posiblemente pensárselo surgen de entre sus dientes eufemismos, como que uno va al cine para entretenerse y no para pensar. Pero cómo se delatan. Cuando llego aquí mi exclamación es de derivada cero y segunda negativa. Pensar… Escuchen, las películas si no son de acción, suspense o sexo, no significa que pensemos. Una historia lenta de amores imposibles puede ser igual de conmovedora y mi cuerpo no sale exhausto del salón de cine. O cuando voy y tengo el placer de degustar películas tipo “Abre los ojos”, no salgo de allí como si mis neuronas hubieran corrido una maratón.

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Quería llegar yo a comentar algo que desde mi punto de vista me parecía curioso como jugador aficionado al juego de mesa Go (no leer “gou” sino tal como se escribe). Se trata de la llamada Partida de la Bomba Atómica.

Situémonos en fecha y lugar:
Suburbio de la ciudad de Hiroshima, 9 de Agosto del año 1945, 2ª Guerra Mundial en curso.

Día fatídico para los habitantes de la ciudad industrial (militar en esos momentos) de Hiroshima. El ejército americano quería demostrar al bando enemigo japonés que la guerra no la podrían ganar, y para tal fin, era necesario una demostración de fuerza bruta. En un principio se contempló ir a por Kyoto, pero se descartó, de modo que hubiera una ciudad de clase media capaz de apreciar lo que había ocurrido. Además, por si fuera poco Hiroshima estaba rodeada de pequeños montes que la hacían ideal para causar un efecto de amplificación en el poder destructivo del arma total: la bomba atómica. Hiroshima y también para los de Nagasaki. El

 

Al final del mismo año, se calcula que habían muerto 140.000 personas aproximadamente debido simplemente a la bomba atómica lanzada sobre Hiroshima: la Little Boy. El radio de destrucción total fue de un 1,4 km.

Mientras tanto, en el jardín de una casa situado en las afueras de Hiroshima un tipo que estaba en el jardín observaba un destello extremo y seguidamente aparecía en un cerrar de ojos, la llamada “seta” de humo por encima de su cabeza. Todo esto para a continuación recibir la tremenda onda expansiva rompiendo las ventanas y dejando la casa hecha un desastre. La Little Boy acaba de aterrizar delante de sus narices.

La persona en cuestión se llamaba Hashimoto Hutaro, poseedor del título Honinbo: uno de los títulos más importantes en el mundillo del Go, que en ese momento estaba disputando “la final” contra Iwamoto Kaoru. A pesar de que todas las piedras (fichas) fueron dispersadas por el suelo por la intrusa e inesperada visita de la bomba, volvieron a poner la partida donde había sido “pausada” y la finalizaron el mismo día, siendo Iwamoto el ganador.

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Últimamente me estoy superando. Ya llego a actualizar el blog cada cuatro días y encima me digo… “no pasa nada, total, el último finde, contando la noche del domingo y la mañana del lunes, también fueron prácticamente cuatro días entre actualizaciones”.

Pero vayamos al grano. A veces resulta que los abogados son útiles. Al igual que resulta con el dentista, al que no deseamos la extinción, pero evitamos hacer uso de su formación, no es normal que uno vaya a preguntarles. Porque, como ocurre con los dentistas, los hay buenos y malos.

Dicen y yo convengo, que al dentista hay que ir una vez al año. Pues otras tantas ocurre con el abogado. Sí, de acuerdo, OK, vale, ya sé, a mi también me da pudor pensar que incluso el derecho o el deber, en otras palabras la justicia, requiere invertir dinero en ella. Lógicamente no lo digo por mi, que de tener abogado, lo único en lo que podría pleitarme sería en la custodia de mi perra que esperaría ganar de tantos mimos como invierto en ella. Sino que lo digo por la gente adulta, que ya sabe de que tinte se pinta la vida y necesita de maniobras legales para hacer cualquier cosa: vender el coche, las cláusulas de la hipoteca, puñeterías con los vecinos y bla bla.

No negaré que lo que aquí implanto en este blog de pacotilla, estos comentarios de tan alto virtuosismo y mayor pedantería, no estarían insuflados en parte en mi mente subversiva de no ser porque el abogado así también lo veía. Porque aquí es donde yo quería llegar a pesar de lo sinuoso de mi trayectoria. Es ese abogado, el que ahora nos presta los servicios fielmente, el que decía…

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Sería profesor de la Universidad de Minnesota, sería reputado en su mundo de la microbiología, sería un tirano jugando a paddel y sería un romántico cuando estaba con su esposa. Pero esta lista de adjetivos no le eran suficiente para controlar su desazón.

El taxi lo había dejado frente a la puerta. A pesar de haberle intentado timar en el cambio no se lo tendría en cuenta. Posiblemente otro día, le hubiera echado un discurso tipo Fidel, pero en estos momentos su cabeza solo tenía una dirección.

— Quiero ver a la señora Hatfield —le espetó al conserje.

Tipo feo donde los hubiese. Daba la sensación de que se hubiera zampado parte del labio superior y ahora tuviera que disimularlo haciendo muecas.

— Le estábamos esperando Doctor Myers. Si es tan amable vaya hacia el piso menos uno —le respondió el cara de mitocondrio.

— ¿El sótano?

— Efectivamente. Allí encontrará el laboratorio.

Rápidamente bajó por las escaleras haciéndole un feo a su amigo el ascensor. No podía, digo, no quería perder tiempo esperando que algún idiota llegara a su piso. Sentía el tambor del laboratorio llamando a su instinto de biólogo iluminado.

Una cara conocida detrás de una mascarilla salía por la puerta corredera.

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Word, que amigo

Hay veces en que suceden cosas y no sabes por qué. Como por ejemplo ahora mismo. Sucede que no sé por qué razón no cojo el portátil con un virus llamado Windows y no lo tiro por la ventana.

Ha sucedido una de las cosas que más fastidian cuando uno está escribiendo. Que cuando te dispones a guardar el documento para evitar posibles males mayores como perderlo, un cosa que se hace llamar procesador de textos Word diga que no ha podido y además se cierre y además borre el documento que se estaba utilizando

De ser una persona creo que le hubiera insultado, pero como no lo es, me he limitado a pegar un grito de rabia y a imaginarme como le retorcería el cuello si pudiera materializarlo en un cuerpo homínido.

Posiblemente si esto hubiera sucedido ayer por la noche no me hubiera molestado tanto. Pero ocurría que me encontraba remodelando el relato porque entendía que mientras uno se duerme no puede escribir con el mismo ahínco y por lo tanto no me acababa de convencer el anterior. De forma que esto ha sucedido justo en el momento en que me faltaban un par de párrafos para acabar el relato.

De momento estoy probando un programa recuperador de archivos borrados. Lo curioso del asunto es que tampoco lo encuentra. Esto da una esperanza de que esté por algún lugar perdido del disco duro pero hasta ahora la búsqueda ha sido infructuosa.

Si finalmente aparece el relato que estaba reescribiendo y que por lo tanto me ha llevado el doble de tiempo, posiblemente le dedique un rezo a algún espíritu que todavía estoy por pensar. Pero esto no evitará que a partir de ahora no me fíe de Microsoft Word ni como fondo de salvapantallas.

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