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Archive for 29 octubre 2007

En lo que uno llama la vida, entiendase desde que su memoria empieza a guardar recuerdos hasta el día en que conscientemente nuestra mente deja de carburar, las personas pasamos buenas y malas épocas. En general esas llamadas épocas, mi infancia, mis años en el instituto, mi época universitaria, el romance de ese verano, el año que viví después de la muerte de mi padre, el día y los que vendrían después de marcharme de mi casa, la crisis de los 30, y así hasta llegar a a la soledad o al jubilo del tiempo libre en la tercera edad, forman grandes bloques en nuestro cerebro y son recordados en gran parte a pesar de sufrir un pequeño desgaste por el discurrir del tiempo. Sin embargo, están destinados a perdurar durante mucho tiempo en nuestro más inconsciente consciente.

Pero hoy no quiero indagar más en esos temas de estado en nuestras mentes, porqué ya de por sí son ampliamente rescatados en varios días del año parar decirnos que son parte de nuestra existencia. Hoy quiero ir a lo efímero, a lo olvidable, a lo etéreo… pero placentero.

Imagínense, después de un día de mucha lluvia con nubes grises, han llegado cansados a casa y no les apetece hacer nada, entonces alguien a quien darían las gracias enciende el fuego del hogar, están tan cansados que se duermen en su sofá mientras el fuego se aviva y chispea echando rescoldos. En nuestras retinas de un sueño soporífero se aviva la imagen rojiza de las llamas incandescentes mientras éste nos caliente la húmeda cabellera proveyendonos de una energía que nos calienta lo más profundo de nuestro ser. Entonces adormecidos pero despiertos al mismo tiempo, por el rabillo del ojo observamos una figura, nuestra novia, nuestra madre o nuestro padre que nos acolcha con una aterciopelada manta. Nos sentimos protegidos, regocijados, percibimos las últimas delicadas gotas de lluvia que caen a fuera a lo lejos como aprisionadas en el cielo abierto. Ya por último caemos en un bello y profundo sueño no sin antes, pensar y olvidar casi al mismo tiempo, que este es un placer por el que vale la pena vivir una vez

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¿Quieres abrir mi mente?

— Por favor, usted, sí usted, agárreme el pelo. El pelo he dicho, por favor, sí sí estírelo.

El pasajero en dirección al anden se paró.

Con el dedo se apuntaba a sí mismo. “¿Se refiere a mi?”

— Sí, sí, usted, venga por favor —le repetía con ahinco señalándole su caballera—. Coja de aquí, con la mano. ¡Ah!, todavía no, mire que es usted animal. Cuando yo le diga tira con todas sus fuerzas.

Varios viandantes seguían el curso de sus caminos de habas imaginarias. Mientras tanto, el desconocido, un tipo flaco con traje y corbata, le recogía el pelo como si estuviera a punto de hacerse con un ramo de margaritas poco convencionales

—A la una…., a las dos y ¡a las tre…!

— ¡¡¡Aaaahhhh!!! —gritaba en el hombre atado a un traje.

Sssssssshhhhhhh. No ve que me va a alterar alguno de mis circuitos neuronales con estos gritos.

Sentado en el suelo yacía el desconocido sin saber muy bien que decir. Hasta el día de hoy, nunca le había arrancado la parte superior de la cabeza a nadie.

— Usted, acerquese otra vez. No vaya a marcharse con la tapa de mis ideas. Ponga las manos cómo si mis pensamientos verdes le estuvieran escociendo la cara. Así, en efecto, no, acerque un poco más las manos, júntelas. No tan cerca o me contaminará.

Pocos se habían parado ante la escena. Solo un niño, babeando perplejidad a través de su rostro, obsrevaba sin perder detalles de lo acontecido.

WilsonEl melenas era en realidad un viejo que había hecho suya la idea que a la alopecia hay que combatirla con una buena dosis de espíritu hippie. De forma, que lo que en otras eras habría sido una espesa cabellera con la que fabricar un par de cojines, ahora se había transformado en un coco hawaiano con cuatro grisáceos pelos insertados en él. Digamos, para facilitar el cálculo imaginativo del lector, cómo la pelota del Tom Hanks en Náufrago.

— Bien, ha hecho el primer paso. Eso ya es mucho teniendo en cuenta lo pasmado que parecía usted. Échele una ojeada a la sopa.

— ¿A la sopa? —preguntaba el ejecutivo con cara de no comprender el mismo dialecto.

— Anda —arrastrándolo por la manga hacía la parte superior de su coco partido—. ¿Contempla todo este nido de neuronas?

— ¿Esto son neuronas…? —haciendo una mueca de asco ante el espectáculo ante sus ojos. Vale, había algunos pigmentos negros, orbitando en pequeñas circunferencias, pero desde luego se parecían más a cacas de mosca que bigbangs de conocimiento e imaginación.

— ¡Y todas son mías! Con 86 años y todavía tengo un cerebro que ni el suyo —mirándolo con ojos de profesor aposentado.

— Oiga, que yo tengo 28 —le contestaba tan bien cómo sabía herido de orgullo.

La cocotera del señor seguía abierta, mientras unas pocas motas de polvo se había aposentado encima de la masa encefálica que se retorcía con vida propia.

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Por petición de una moza casidoctora llamada Anna Artigas y otra casinadamequedadoctora llamada Silvia Catalan (que ha publicado un artículo en Astrophysics como quien no hace la cosa) meditaré y filosofaré una cucharadita de postre en el tema de la timidez. No sé que puedo aportar yo a este tema que ha surgido mientras entablábamos conversación durante el siempre prolífico descanso de las 17:30 aproximadamente. Aunque a decir verdad, ahora que no hablo y por lo tanto puedo pensar, a lo mejor me lo habrán dicho para que así me buscara algún menester con el que entretenerme en vez de decir memeces o contradecir que yo no contradigo.Hay que discernir entre timidez y el ser o no ser parlanchín. Ya que en la faz de la Tierra uno puede encontrar en número todas las posibles combinaciones:

  • Tímido callado
  • No tímido también callado
  • Tímido locuaz
  • No tímido parlanchín.

No hay que ser un cerebro para darse cuenta de esto, al igual que tampoco hay que serlo para darse cuenta que la timidez es en sí un rasgo que todos llevamos codificado en nosotros. Posiblemente algunos la lleven encerrada en una caja fuerte y para otros se comporte como un virus, pero todo toditos la tenemos implantada.

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La teoría de los cromos

Como si de un beato leyendo la biblia se tratara, los científicos y los no científicos seguían lo escrito por Darín como una profecía. Decía el texto de la época que los genes pululaban de especie en especie transmitiendo sus virtudes e imperfecciones. Al texto le hubiera ido a la talla cualquiera de esas comedias de los grandes teatros que recogían las carcajadas del público. Con sus frases de época y sus metáforas sobre la información genética resultaba de lo más ameno para leer, aunque el que lo hacía seguramente buscaba entender algo del caos que le rodeaba.

El viajero Darín, el descubridor, primero creyó que las especies evolucionaban en función de lo que les rodeaba. ¡Qué bonita sonaba esa teoría en la que explicaba cómo los animales se adaptaban, con la misma facilidad que el marido infiel se acomoda a la vida de casado!. Recibió el nombre de Teoría de la Evolución. Probablemente más de una reacción química de algún cerebro del pueblo habría fructificado en un sentimiento de respeto hacia esa teoría, de tan rimbombante nombre. Pero la verdad acabó filtrándose entre los entresijos de la maraña de hipótesis. No evolucionaban las especies, sino que se intercambiaban cromos. Cromos genéticos. En ellos había la información del individuo. Pero mejor no privemos al lector de leer la teoría, comentada por el mismo Darín en su diario.

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Caballeros y yegüeras, ¿les gusta este lavabo?

Lavabo restaurante Ruscalleda

Igualito que el de su casa, jeje. Las toallas son para limpiarse las manos y una vez aseado se tiran en un cubo de la basura situado en el suelo, ¡aunque supongo que luego las vuelven a limpiar! Ruscalleda falsa

Este lavabo con el que acabo de introducir este post es dRuscalledael restaurante de alguien que algunos muchos de vosotros ya conocerán. Se trata de Carme Ruscalleda, una cocinera de la Jet Set de la que su homónima en forma de caricatura atiende algun programa de televisión de TV3.

Vaya que el otro día tuve la gran ocasión de ir y probar finalmente esos flanes de Rosas o mini-Mágnums de vinagre de la cocina contemporánea. Que digo contemporánea; futurista, abstracta y de efectos especiales.

En cuanto a lo que se refiere al envoltorio del restaurante, muy bien más faltaría. El servicio te atiende en el mismo parking, aunque el parking está al lado mismo de restaurante. En realidad es una pequeña callejuela sin salida reformada. Una vez entras y te diriges a tu mesa, justo en el momento de arquear tu espalda para posicionar tu trasero en la correcta posición para insertar la silla debajo de tus bien vestimentadas nalgas, una mano rápida y firme de un camarero sigiloso la mueve con rapidez para que no oses malgastar tu energía en arrastramiento de mobiliario.

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